Para poder hablar de
humanidad, primero y antes todo, hay que diferenciar entre la “humanidad” en
calidad de género humano, donde todos los hombres y mujeres en conjunto la
conforman; y la humanidad en calidad de persona, humanista, que es aplicado al
individuo que busca su progreso personal, su crecimiento más humano con el
desarrollo de sus cualidades internas que lo diferencian de otro individuo y lo
hacen crecer para mejor.
La humanidad a la que nos
referimos, tiene que ver con aquella que muestra del individuo lo mejor de sí
que lo beneficia en lo individual y a los demás en lo colectivo.
Si resaltamos muchas de las
cualidades que desarrolla una persona verdaderamente humana resaltarían su
bondad, su compasión, su benevolencia, y otras más. Estas son las cualidades internas y
esenciales que deberían haber descubierto y desarrollado cada ser humano.
Sólo con el desarrollo de todas
las virtudes que debe poseer cada individuo, se puede ayudar a un niño
indigente, sin familia, en situación de calle; hasta salvar el mundo entero de
la devastación y contaminación que el mismo hombre está haciendo sobre la
naturaleza.
Procuramos por tanto, colocar en
su justo lugar, el término de Humanidad, en mayúscula, y que los seres humanos,
reproduzcamos, asumiendo, a plenitud la definición aportada. El humanista, por tanto, será el título y la
virtud, que está sobre todas las virtudes, y que se aplica al hombre que ríe
con su hermano, que sufre con su hermano, que reanima y consuela a su hermano,
motivándolo a seguir creciendo y desarrollarse hasta alcanzar la
profesionalización de su vocación, esto es promocionando en dignidad al otro,
impulsando al otro a asumir, las aptitudes de servir a los demás como lo
hicieron con él mismo, un servir que se traduce en dar y un dar que se
transforma en entrega. Cuando se siente
esta disposición del alma y el cuerpo, el individuo-hombre se nutre de una
inmensa alegría, que queda grabada en lo profundo de su ser y lo incentiva a
dar para seguir recibiendo esa satisfacción interna de que se ha hecho algo
bueno por los demás, su vida va cambiando, su alma está cambiando y aún más
importante: su corazón va cambiando.
Existen indicios de individuos
que se han arriesgado a la aventura de ser más humanos, Santa Teresa de Calcuta
(sólo Madre Teresa cuando escribí éste
texto), descubrió que todos podemos dar, y por eso, ella quiso dar su vida
por los demás; Martín Luther King, descubrió que a través de la lucha social,
la lucha política, él se hacía más humano, más persona, y por eso dio su vida,
ya que lo asesinaron sólo por tener un sueño en el que todos los hombres son
hermanos que comparten, que se ayudan y que se aman.
Mahamma Ghandi comprendió que
luchando por la igualdad y la libertad entre su pueblo Hindú, sin violencia, se
llega a ser más humano y esto lo hizo desgastarse por esa meta.
Existe una larga lista de
personas que si intentamos nombrar y mencionar lo que hicieron, no abarcaríamos
en tratarlos a todos.
De todo lo que se ha oído, visto
y escrito de ellos, sólo con evaluar sus cualidades físicas y espirituales
(Morales), sus creencias, sus culturas, esto nos permite comprender que todos,
absolutamente todos, podemos ser verdaderos humanistas, verdaderos hombres y
mujeres, que cuando recorren el camino de su humanización, se van haciendo poco
a poco, perfectos en humanidad.
Para medir el alcance del término
“humanidad”, “humanista”, es necesario comprender que el hombre se va haciendo
más humano en su relación consigo mismo, con el otro, con la sociedad y con
Dios, sólo así podemos descubrir al verdadero hombre que tiene la impronta de
la verdadera humanidad en su persona.
Relación del Verdadero Hombre consigo mismo
Partimos de la pregunta sobre
¿Qué es el hombre? ¿Cuál es su motivo?, para responder éstas incógnitas,
hagamos interiorización, llamando así al proceso que permite al hombre entrar
en las profundidades de sí mismo y encontrarse con él mismo, es algo parecido a
entrar en una mina, en una caverna en la que se excava para descubrir grandes
riquezas, joyas preciosas y ricos minerales, solamente cuando entramos en
“nuestro castillo interior” como decía Santa Teresa de Jesús, podemos descubrir
todas esas riquezas y grandes maravillas que posee todo hombre.
Algo muy valioso en este proceso
de búsqueda en sí mismo, es el reconocimiento de las oscuridades, basuras y
estorbos internos, mis propias limitaciones, que impiden puedan verse las
riquezas internas. Estas limitaciones
y/o debilidades reconocibles del proceso de interiorización que llamamos defecto,
es todo aquello que impide el crecimiento de los hombres que buscan su
perfección.
De vicios y defectos, están
llenos aquellos que temen interiorizar, por el miedo de descubrirse a sí mismo,
tal cual son, y por el error de no quererse evaluar y corregirse internamente.
Tornando al ejemplo de la mina,
se aplica que los defectos y los vicios, son las rocas y el lastre de la tierra
que ocultan las riquezas del hombre, impidiendo el contacto consciente y cierto
entre el individuo y su persona, entre él y sí mismo, en ésta situación, para el
hombre es difícil cruzar con la luz interna (linterna) a la oscuridad de su ser
para descubrir la fuente de vida que mana por dentro, por esto es necesario que
el individuo se arme de valor y conscientemente acepte el adentrarse en su vida
y poco a poco ir excavando, limpiando, y cada vez más profundizándose en su
ser, dando claridad a sus tinieblas y permitiendo así sacar a la luz, lo que él
es en realidad, un ser lleno de virtudes (joyas y piedras preciosas), cualidades
(riquezas) y valores (ricos minerales).
Con el término de “adentrarse en
uno mismo”, se debe tomar la idea que tiene el mar para un buzo, quien se
maravilla de la diversidad de los animales, crustáceos y plantas marinas; esto
lo motiva a seguir profundizando en el mar, para continuar descubriendo todas
las riquezas ocultas.
Él sabe que su alma se siente
sosegada, tranquila, espiritualizada tan pronto hace contacto con el mar, con
su flora y con su fauna, tan sorprendente y cautivadora es la experiencia de
sumergirse dentro de las aguas, que espera impacientemente la llegada del
próximo día para continuar su labor de nuevos descubrimientos, así debe ser
nuestro deseo durante el proceso de interiorización, debe ser para nosotros una
experiencia que debe sorprendernos, tanto por lo nuevo que podemos descubrir
cuanto por lo maravilloso y espléndido que ha de sentirse nuestra alma cuando
vemos en realidad lo que somos.
Este profundizar en nosotros
mismos, debe entenderse como el deseo que tiene un científico astrónomo de
perderse en la inmensidad del universo, de contemplar a través de un telescopio
el nacimiento de nuevas galaxias, la formación de nuevos planetas, el
nacimiento de nuevas estrellas, el pasar de los cometas, y porque no, la muerte
de una estrella, el colapso de un sol,
recordando que la muerte de una estrella, de un sol, permite la formación de
nuevas galaxias, de agujeros negros, eso es como decía Santo Tomás de Aquino
que “cuando muere un defecto nace una virtud”, esto es lo que debemos conseguir
en el proceso de interiorización, reconocer los defectos y practicar virtudes
que permitan reemplazarlos, eliminarlos y expulsarlos de nuestra persona para
crecer como humanos con verdadera humanidad, y también debe permitirnos éste
proceso, asimilar nuevas cualidades y virtudes, que dejemos salir a la luz.
Una vez que tengamos definidos
nuestros límites y nuestras potencialidades podremos dar el siguiente paso en
el proceso de humanización, que trata sobre la nuestra relación con el otro.
Relación del Verdadero Hombre con el Otro.
Teniendo claro el Yo, iniciamos
el proceso del conocimiento del Tú. Esto
es concientizarnos que no estamos solos, sino que vivimos con otros individuos
que tienen defectos, vicios y oscuridades, pero que también poseen cualidades
virtudes y valores que deben descubrir.
El Yo comienza a tener sentido
cuando es capaz de relacionarse con un Tú, que le referencia. Esta es la única razón de Yo y del Tú,
encontrarse, unificarse, complementarse y referenciarse.
La relación en éste eslabón, del
Verdadero Hombre con el otro debe ser sumamente igual a la actitud y a la
naturaleza de los árboles en el mundo, que producen sombra y frutos dulces para
los otros, para el hombre, para lo animales, para otras plantas de corta
estatura, es como si ellos ofrecieran el mejor de los presentes, lo mejor de sí
mismos para los demás, sin guardarse nada para sí, su felicidad eterna la
consigue en el dar, no existe nada más hermoso en la tierra que donarse, porque
si descubrimos que todo lo que tenemos en nuestra vida nos ha sido entregado
gratuitamente (la vida, los sentimientos, los valores y las virtudes) entonces,
con mayor razón y profunda alegría, nosotros, debemos ponerlo a la disposición
de los demás gratuitamente, sino seremos ladrones, egoístas, pues tenemos
riquezas que pueden servir a los demás, y sin embargo, los escondemos, sólo
para deleitarnos a nosotros mismos.
La alegría más grande que
experimenta el Verdadero Hombre, la consigue cuando su vida es para los demás,
cuando se dona al otro, cuando brota de su vida el espíritu de servicio que se
gasta generosamente, sin mezquindades, sin recelos, sin egoísmos, sino con gran
gozo, amor y esperanza.
Cuando surge la humanidad en la
vida de un hombre, la libertad se abre paso y se asoma a la vista de todos,
pues una verdadera humanidad es la que libera a los hombres de todo lo que lo
ata, de sus miedos, de sus rencores, de sus dudas y de sus comodidades,
impulsándolo a darse abiertamente, sin complejos, y con mucha alegría en el
otro.
Una Verdadera Humanidad, se vive
desde una existencia que ama la sencillez, la llanura, porque descubre que en
las cosas sencillas y simples está una hermosura mucho mayor que las que se
encuentran en las cosas complicadas, complejas, y que hacen confusas la vida de
las personas. Se busca promover la
sencillez en los demás y la propone como estilo de vida porque las cosas que se
experimentan poco a poco se disfrutan mucho más, que aquellas en las que mo se
hace un alto en el camino para meditar lo que se ha hecho, lo que se ha vivido.
Promover las virtudes en los
otros es la finalidad de la existencia.
El hombre que no promueve la búsqueda de verdaderos valores y el
desarrollo de cualidades en el otro, difícilmente alcanza la meta de ser
Verdadero Hombre, porque todavía no ha salido de su comodidad para cambiar su
vida, para mejorarla y ayudar a los demás, esa persona es un cobarde que tiene
miedo de reconocerse y de querer cambiar.
Nuestra actitud debe ser de
acompañamiento, de apoyo y de ánimo tal cual la actitud del sol, que con su
silencio, brinda calor y ternura a los planetas de éste sistema solar, en
especial a la tierra, con su presencia no presiona a nadie, no acelera, no
impone, sino que respeta el ritmo de crecimiento de cada planeta, desde el que
está más cerca, hasta el que se encuentra más alejado. El sol simplemente se da a los otros sin
mezquindad. Cada planeta se siente feliz
por lo que el sol le regala, desde mercurio que está a pocos kilómetros del sol
hasta urano que está a millones de años luz, todos disfrutan del apoyo y de la
comprensión que el sol brinda, de su compañía y de su hermosura, pues el sol
descubrió que transmitiendo lo que él tiene por dentro, es realmente lo que es,
y esto lo hace sentirse feliz y contento porque en el darse, él recibe.
Un verdadero Humano, es aquel que
sabe respetar tus silencios y tu vida pues sabe que tú eres único e
irrepetible, y que nunca tendrá la oportunidad de conocer a otra persona como
tú y por eso te ama, disfruta cuando te brinda los momentos para tu interioridad
y está a la espera, dispuesto a escucharte cuando lo necesites. Un verdadero Hombre, una verdadera Mujer, no
invade tu privacidad, antes bien está atento y dispuesto a ayudarte en lo que
necesites y a extenderte su mano generosa y su hombro seguro cuando necesites
de alguien que te conforte de tus penas, tal es la actitud que desarrolla un
individuo verdadero hombre, que se olvida de sí mismo para pensar y promover la
felicidad en el otro, bien sabe que logra su felicidad cuando ayuda a ser feliz
al otro.
Respondiendo a qué es el hombre y
cuál es su finalidad, sólo podemos decir, que es un ser llamado a compartir.
Relación del Verdadero Hombre con
la Sociedad
Conociendo como debe ser la
relación con nosotros mismos y con el otro, nos abrimos a la nueva relación, un
nuevo territorio, trata de nuestra humanidad puesta al servicio de una
sociedad, en realidad un hombre verdadero es aquel que respeta el orden social
establecido (leyes, reglamentos, normas, etc.) y a pesar de no estar muy de
acuerdo con algunas normas, poco a poco promueve nuevas formas de convivencia
social, que no altere las buenas costumbres y que no se imponga a la fuerza a
los hombres.
El Verdadero Hombre es una
persona de principio y valores, que promueve y respeta, que cuando quiere producir
un cambio, agota todos los mecanismos posibles y si no alcanzan, crean nuevos
mecanismos que propicien una mejor convivencia y el bienestar social.
El auténtico humanista, promueve
valores para la sociedad, así como la abeja, recolecta néctar y produce miel
para todas las demás, es una relación donde todos los miembros del panal se
benefician mutuamente, porque “todas” trabajan para todas, así debe ser nuestra
conducta y nuestra manera de obrar, sin egoísmo ni mezquindades.
Un verdadero humanista en la
sociedad es aquella que siente la incomprensión de un mundo, cada vez más,
inhumano, por esto sin deprimirse toma nuevas energías de su interior que le
motivan a seguir luchando por transformar el mundo en una sociedad más justa,
más fraterna, en una sociedad que trata de ser “la civilización del amor” como
la llamará San Juan Pablo II en el año 1996.
Transformar el mundo, la
sociedad, en un lugar de paz, producto de verdadera y auténtica Justicia Social
es una de las metas que anidan en el corazón del individuo. Ayudar a las familias, a los adictos, a las
damas de compañía y a los discriminados por la sociedad, es su mayor
logro. No existen barreras para las
personas que anhelan desarrollar estos sueños, las únicas limitaciones son las
que se establezcan ellos mismos, pero sabemos que el verdadero hombre en su proceso
de crecimiento, en su relación consigo mismo, reconoce sus limitaciones y las
supera, pues él desea ser mejor persona con ánimo de ayudar a los demás.
¿Qué es el hombre? ¿Cuál es su
motivo? Su finalidad se va esclareciendo más al saber que el hombre es un ser
particular llamado a vivir en sociedad, en sus genes está marcada ésta
convicción, en su espíritu ésta abonada esta disposición, somos llamados a
vivir con y en el conjunto de todos, somos importantes en la medida que
actuamos en la sociedad colaborando para su transformación absoluta de todas
las estructuras, de todas las formas y de todos los flagelos que opriman al
hombre.
Descubrimos que las hormigas son
felices, en la medida que actúan en su sociedad (hormiguero), creando
estructuras (cavernas y depósitos) que hagan más viable la vida de los demás, y
recolectando alimento para el beneficio de todos sin excepción.
Desde los albores de la
humanidad, el hombre ha descubierto que viviendo en grupo se pueden ayudar
mutuamente para alcanzar las metas individuales que a la vez son colectivas
pues son las necesidades básicas de los individuos fisiológicamente (comida,
bebida), de seguridad, de filiación, de relación y de realización, las que
necesitan atender colectivamente. El
hombre primitivo comprendió que sólo, no lograba mucho, pero en grupo,
alcanzaba mucho más, alcanzaba lo que deseaba.
Un verdadero hombre comprende que si todos ponen su cuota de
participación pueden, alcanzar las metas colectivas. Desde los aumentos salariales que logran de
los trabajadores del sector público si se ponen de acuerdo hasta lograr acabar
con el flagelo de la pobreza y el hambre si todos los países y habitantes del
mundo colaboran en común.
Un individuo humanista, sirve de
faro a todas las embarcaciones (hombres) que quieran llegar a tierra firme,
tierra que los conforte y les de seguridad, todos estamos llamados a ser luces
que iluminen la vida propia y la de los demás, tanto en los momentos de
desolación o de “noches oscuras” como decía San Juan de la Cruz, como en los
momentos de dicha y de felicidad, debemos ser testimonio vivo, es decir; ser
coherente entre lo que pensamos, decimos y hacemos para inspirar virtudes y
valores en la sociedad que permitan crear el ambiente donde se vaya gestando y
abonando el terreno para que poco a poco vaya germinando la semilla de la
“civilización del amor” y de la fraternidad.
Relación del Verdadero Hombre con Dios.
Sobre éste particular, esta
relación es el eslabón más importante, con el cual el hombre se convierte en
rico en humanidad. Recorriendo la vida
de muchos santos, proclamados como tales por la Iglesia Católica, apreciamos
los pasos que dieron hacia la santidad siendo más humanos. Mientras más profundizaban en el misterio de
qué es el hombre y cuál es su motivo, iban extrayendo de dentro de sí, la
fuente de vida que mueve a todos los hombres, a pesar que hoy, muchos no
reconozcan esta fuente.
Entendiendo el misterio de Dios,
llama poderosamente la atención y nos sorprende la idea que, Dios tuvo que
hacerse humano, de hacerse un hombre normal, surge la pregunta ¿qué le
motivaría a encarnarse con el ropaje (cuerpo) de los hombres? ¿Qué tiene de
especial el hombre que le llama la atención a Dios? ¿El hombre es más que un simple cuerpo sin
trascendencia?
Estudiando la vida de Jesús, Dios
en persona, llama la atención sus largo momentos de interiorización, donde
escudriñaba el corazón del hombre para ponerlo en sintonía de Dios. Sorprende la acotación que hace el teólogo
brasilero Leonrdo Boff, al decir que “humano como lo fue Jesús, sólo podía ser
Dios mismo”, surge por tanto una nueva interrogante ¿Dios tiene algo de
humano?.
En las Sagradas Escrituras, en el
libro de los Hechos de los Apóstoles, Simón Pedro en su primera predicación
expresa que Jesús “es un hombre que pasó haciendo el bien”, en ésta frase se centra
toda la misión de los hombres que quieren ser verdaderos humanistas, en pasar,
por esta tierra de peregrinación haciendo el bien a los demás.
Jesús, es un hombre perfecto en
humanidad, pues pudo mantener y fortalecer estas cuatro relaciones, con el mismo,
con el otro, con la sociedad y con Dios.
Tuvo la cualidad de crecer a un mismo tiempo en estas cuatro vertientes.
Un hombre perfecto en humanidad
sabe conjugar todas las relaciones, dando en tiempo que se necesita para cada
una, en su momento y justo lugar. Un
hombre perfecto en humanidad, es aquel que descubre la maravilla que es, se
sabe amado, querido y acompañado de Dios, se sabe único, por tanto, importante
como todos los demás, no se siente ni superior ni inferior a los otros, sino
igual en dignidad, sabe que cada hombre es único e importante, y lo ama con la
misma intensidad con la que se sabe amado de parte de Dios. No discrimina, no atropella pues siente que
algo más grande y más maravillosos que todo el universo conocido e inexplorado,
lo ama y lo promociona.
Este individuo sabe y conoce cuál
es su misión en esta tierra de peregrinaje, hace de su estilo de vida algo
único, original, vivo, lo promueve con sus acciones, es un ser que cuando se
abandona en las manos de su creador actúa como imán que atrae, con su presencia
sola, a los demás, sin artificios, mentiras o magias, sólo con la verdad que
brota de su vida pues cree verdaderamente que en la medida que es sincero
consigo mismo y con los demás, su vida es transparente, sin suciedades, el
comprende que su rostro no le pertenece, que le pertenece a los demás, por eso
siente esa alegría imborrable en su alma que lo lleva a mantener siempre una
sonrisa amable de ánimo para los demás pues como agua cristalina transmite
simplemente lo que siente por dentro, es un ser feliz.
Existe el testimonio de una
mujer, Santa María Rosa Molas, quien expresó que “quien llega a probar cuán
dulce es Dios, no puede sin gran violencia, dejar tan suave ejercicio”, ella
comprende que más allá del desgaste físico, ella disfruta en su interioridad la
noticia de sentirse amada, querida, acompañada de parte de Dios, experimenta
esa fiesta interior, la vive, la disfruta, la goza, ésta es la vivencia que
tiene una persona que cuando recorre el proceso de su humanización, alcanzada
su relación con Dios, siente como cambia su vida y se hace coprotagonista de su
transformación en un individuo perfecto en humanidad.
Este participar activo en el
proceso de humanización, es una experiencia que brinda confianza y bienestar en
el individuo y en su entorno, todo lo que se proponga, lo logra, ya que está
lleno de esperanza y de energía de la buena, positiva, que procede de Dios, y
que recibe el hombre para transmitirla, el hombre humanizado descubre que
cuando transmite lo que tiene por dentro, a él le vuelve con mayor intensidad,
con mayor fuerza, su entrega actúa similar a la acción de boomerang que parte
de él, llega al otro y se regresa nuevamente.
El maestro en humanidad es aquel
que sintiéndose amado de Dios, vive una vida de agradecimiento continuo y
sincero, él vive la alegría y la transmite, produce esperanzas en donde no
existe y mueve a todas las personas de su entorno a alcanzar lo que ellos, en
su corazón, se propongan de bueno. Así,
como para nadar, se aprende nadando, para amar se aprende amando, para ser
maestro en humanidad se aprende ejercitándose en aquello que de bueno existe en
la persona, y el primer paso es comenzar por el proceso de interiorización, que
conduce al camino de la humanización hasta alcanzar la santidad, que consiste
en reflejar el rostro de Dios en nuestra vida y en la vida de los demás,
produciendo satisfacción y agradecimiento en el otro.
El maestro en humanidad, el
verdadero hombre, el santo, es aquel que cuando trabaja no lo hace en vano,
trabaja es en el corazón propio y el de los demás, es una sensación de
arrastre, produce admiración, gratitud, ánimo, esperanzas en todos aquellos que
se acercan a éste tipo de persona. El
alma de los demás se eleva a la altura del cielo de Dios y logran participar de
la humanidad divina del Hijo de Dios.
A la pregunta sobre ¿Qué motivó a
Dios encarnarse con el ropaje de los hombres? Muchos teólogos argumentan una
gran variedad de puntos de vista, uno dice que Dios, “es plenamente más Dios en
la medida que él es más humano”, esto genera otras preguntas, pero lo cierto es
que Dios ama al hombre infinitamente y por eso somos importantes para él. Dios no ama al hombre porque lo ama, sino que
existimos porque Dios nos ama, esta es una suprema verdad, es indiscutible y
nadie la puede desvirtuar, pues ella misma es lo que es, una verdad pura, el
perfecto en humanidad conoce este mensaje por eso vive intensamente cada
momento de su vida, con agradecimiento, porque sabe que es un regalo de parte
de Dios y por eso, lo ama y lo imita.
¿Qué es el hombre? ¿Cuál es su
motivo? Es un ser llamado a vivir en comunión perfecta con sí mismo, con el
otro, con la sociedad y con Dios. Es un
ser complejo en su vivencia y en sus relaciones, pero a la vez es un ser simple
por su particularidad y su individualidad, merece ser valorado por lo que
es. Una chispa que se enciende y brilla
por un momento mientras viva su presente debe ser aprecida, amada y
considerada.
Concluyendo.
No existe nada más hermoso en la
tierra que donarse (ágape), interiorizando en la verdad de la propia
existencia, transmitiendo a los otros con humildad, sencillez y alegría lo
descubierto, que con esto se transforma la realidad.
“El orgullo de la taza está en su
bebida, su humildad en el servir”, lo que brota del interior es lo que da sabor
a la existencia.
Miguel Mota.
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