Jueves, 28 de junio
de 2018
Lecturas del día:
2Re 24, 8-17; Sal 79(78); Mt 7, 21-29
Este día reflexionamos sobre el final de todos aquellos que
no obran de acuerdo a Dios, seremos probados según la calidad de la
construcción de nuestras casas, de nuestras vidas y templos espirituales.
Joaquín, no permaneció fiel a la voluntad de Dios, sino que
cedió y actuó como sus padres incumpliendo con el pacto de Dios con los
Patriarcas y con el Rey David. Esto,
produjo que Dios los abandonara a su suerte y permitió que Babilonia invadiera
la Casa de Judá del Sur, que Jerusalén fuera profanada, así como su
templo. Llevándose a su Rey, a sus
privilegiados y cerrajeros deportados a Babilonia. Es el inicio de la deportación a
Babilonia. Con ello, se consuma la pérdida
del Reino de Israel cuando la Casa de Israel del norte fue invadida por los
asirios y la Casa de Judá del sur fue invadida por Nabudocodonosor y sus jefes
y ricos fueron deportados a Babilonia.
Todo esto, debido a que edificaron sus vidas, sus casas, no sobre
la roca firme de la Palabra de Dios, sino sobre sus propios deseos y
ambiciones.
Guardar las palabras del Señor en el corazón y cumplirlas,
pasará a ser el eje central de la vida de los cristianos, estos cimientos son
los que garantizarán la supervivencia de los cristianos en todo momento y muy
particularmente en la tribulación y en los grandes embates de la vida, cuando
todo parece ir mal.
Por tanto, el Testimonio de Vida, queda en el centro de lo
que se juzgará al final de todo. Cuantos
cumplimos con la alianza de Dios, con su Palabra (guardar y cumplir), y cuantos
conociendo la Palabra de Dios, la ignoramos en nuestro vivir y actuamos de
acuerdo a nuestras apetencias, construyendo sobre la arena.
¿Cuáles son nuestros cimientos y cómo están? ¿Cumplimos con
nuestras promesas bautismales a través de nuestro testimonio de vida?
Serán expulsados de la Jerusalén celestial todos
aquellos que no fueron capaces de guardar y cumplir las Palabras de Dios.
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