Martes, 26 de junio
de 2018
Lecturas del día:
2Re 19, 9-11. 14. 21. 31-35. 36; Sal 48(47); Mt 7, 6. 12-14
Hoy, meditamos sobre los beneficios y muestras de amor que
Dios el Señor, manifiesta por la Casa de Judá del Sur, la Casa del Rey, la Casa
de Sión, la Casa del Rey David.
Esta misma casa que fue amenazada por el Rey de Asiria, que
con sus deseos expansionistas, después de haber invadido a la Casa de Israel
del Norte, quiere llegar y tomar la Ciudad de Sión. Pero el Rey Ezequías, se abandona en las
manos de Dios Creador y Verdadero, para que sea Dios quien defienda a su reino,
a su porción de pueblo santo. A éste
pueblo es enviado Isaías para anunciar las Palabras del Señor sobre la suerte
de la Casa de Judá del Sur. Dios
prometió proteger y garantizar la permanencia de la descendencia de David en el
Trono si sus descendientes permanecían leales a Él. Por eso, contemplamos como Dios sale en
defensa de Sión, matando en esa misma noche al ejército de Asiria. Y el Rey de Asiria abandona las tierras de la
Casa de Israel del Norte.
Dios no iba a permitir que la joya de la Casa de Judá del
Sur, fuera pisoteada por los perros ni por los cerdos, como nos lo indica el
evangelio de hoy, para Dios la casa de Judá es santa, así como lo somos cada
uno de nosotros, en la medida que permanezcamos en el amor y en la fidelidad a
Dios.
Así mismo, nos comenta el evangelio la regla de oro de la
vida cristiana, auténtica perla para nuestra salvación “traten a los demás como
quieren que los demás les traten a ustedes”, es decir, que lo deseemos del
otro, debemos hacerlo primero nosotros con los demás.
Queremos que nos traten con respeto, tratemos con respeto.
Que confíen en nosotros, confiemos en los otros nosotros primero. Que tengan
misericordia con nosotros, tengamos misericordia con los demás primero.
El Rey de Asiria quería destruir la Casa de Judá del Sur,
Dios lo destruyó y lo ahuyentó. Que
aprendemos nosotros de éstas palabras, que cuando alguien quiere hacernos algún
mal, nos queda abandonarnos en las manos de Dios, para que Él sea quien
defienda nuestra causa. Cuanto bien nos
hace la oración. Que bien nos hace
abandonarnos en Dios, particularmente cuando sentimos que no tenemos claro el
futuro o cuando sentimos que el mal nos acecha.
Si somos fieles, Dios no dejará que nuestros templos sean
pisoteados por el mal, si cumplimos su voluntad, Dios nos cuidará. Sólo así comprenderemos
a plenitud la oración de Santa Teresa de Jesús quien oraba diciendo “nada te
turbe, nada te espante, Dios no se muda, todo se pasa”. Confíemos en Dios y dejémosle ser Dios.
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