R01072018


DOMINGO, 01 DE JULIO DE 2018
La Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo


Hoy contemplamos en las actitudes de Jesús, su deseo de salud (salvación) para todos los que necesitamos de Él.

Hoy el Evangelio, nos narra diferentes actitudes, observable en cada uno de los personajes.  El pueblo alborotado por acercarse a Jesús fama, no se le acercaba para escucharle, sino simplemente por estar cerca de Él.  Los discípulos cual acompañantes y guarda espaldas de Jesús, apartando a la gente.  Jairo, el jefe de la sinagoga suplicando por la salud de su niña y la mujer hemorroísa, buscando su salud personal.

En ésta historia de salvación que vive hoy toda la humanidad, apreciamos las misma actitudes y reacciones de cada persona interpretando los papeles de esos mismos personajes.

Una inmensa mayoría (el pueblo), que se acercan a Jesús, o buscan conocerle, para satisfacer su curiosidad personal y sólo ver a Jesús, sin disponerse para un compromiso verdadero que les lleve a un cambio de vida y comportamiento.

Unos pocos grupos (los discípulos), que en su deseo que proteger al Señor del daño de esa mayoría, propiciamos que otros no se acerquen a Jesús, ni lo toquen (conocerle, encontrarse con él), se creen los únicos capaces de ese privilegio. Otro tanto (Jairo), que ante Jesús se postra implorando que su gracia opere en favor de su hija, así mismo, ¿cuántos poderosos intercesores tenemos que puedan pedirle a Jesús por nosotros? Y la viuda, representada en aquellos desconocidos, alejados de la vida de la iglesia, que sólo se acerca por algo puntual, algún sacramento o sacramental, sin ningún tipo de compromisos. Y Jesús, queriendo atender a todos.

Muy por encima de todo eso, Jesús, quiere transmitirnos la vida verdadera, y ésta vida se encuentra cuando nos postramos y nos sentamos a sus pies para escuchar (leer) sus palabras y las ponemos en práctica.

Cuánto nos hace falta ese gesto libre y espontáneo de humildad y; el deseo de conversión y compromiso con Jesús, con el servicio a Jesús en el prójimo.

Transmitimos la vida de Jesús, cuando servimos y ayudamos al otro, al necesitado de sus palabras y le ayudamos a cambiar su realidad de muerte.  Eso mismo, es lo que nos narra el pasaje del libro de la sabiduría “Dios creó al hombre para que nunca muriera” (Sb 2, 23).

El Evangelio hoy nos cuestiona, ¿qué papel o rol juego en la sociedad y en la iglesia en el día a día? ¿Soy agente que promueve la vida o promueve la muerte? ¿Veo a Jesús como el Autor de la Vida que me compromete a anunciarle o como sólo una persona buena del pasado que no me compromete a nada más?

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